Elegante e irónico, sí, pero también con un punto golfo y canalla. El David Niven de carne y hueso debió
de ser muy parecido al que vimos en la gran pantalla. Eso, al menos, es lo que se desprende al leer su
autobiografía La luna es un globo. Las memorias de una leyenda de Hollywood, en la que el actor echó
la vista atrás para ofrecernos su visión de un tiempo y un lugar que han acabado por convertirse en míticos. Una vida que transcurrió entre los grandes estudios y los magnates que los dirigían, los contratos
leoninos o las columnas de cotilleos que podían destrozar hasta la más prometedora carrera.
David Niven, que era un soberbio narrador de historias, no se contentó con escribir un sólo libro de
memorias (Traigan los caballos vacíos). Repitió la experiencia con La luna es un globo, y en ella recopiló
las vivencias del hombre que tuvo una infancia casi dickensiana, una juventud de lo más bulliciosa y
vivió una madurez serena y feliz. El resultado es el más desenvuelto y alegre libro de memorias que se
ha escrito jamás, una autobiografía sincera, a ratos un tanto cínica y a ratos enternecedora, de un alegre
quebrantanormas, sin malicia lleno de talento y de arrolladora simpatía.
Con un ingenio afilado y un estilo elegante, La luna es un globo nos sumerge en una vida repleta de
aventuras, encuentros con estrellas legendarias y episodios inolvidables de Hollywood y más allá. Desde
sus años de juventud en Inglaterra hasta su consagración en la meca del cine, David Niven despliega un
talento innato para contar historias con humor, emoción y una desarmante franqueza. Sus recuerdos
están salpicados de nombres como Humphrey Bogart, Cary Grant, Errol Flynn y Winston Churchill, en
un desfile de anécdotas tan sorprendentes como entrañables. Un libro irresistible para los amantes del
cine clásico, la elegancia británica y la buena literatura. La luna es un globo es mucho más que unas
memorias: es un pasaporte a una época dorada, contado por una de sus voces más encantadoras