A veces vislumbramos, entre prados y bosques, grandes piedras alzadas, a veces en solitario, a veces en círculo o a veces formando cámaras. Durante siglos nos han llamado la atención y se han asociado a figuras mitológicas, y se han denominado como casas o piedras de brujas, hadas o mouros. Estos monumentos son los trazos que nos quedan de esos primeros pueblos que, ya en el Neolítico, comenzaron a crear jerarquías y denominar territorios como propios, las marcas de su poder, del enterramiento de sus gentes. Eran las primeras veces en que el hombre creaba un paisaje cultural marcado en piedra $·aunque fuera precedido de una arquitectura más efímera, en madera$·, guardando la memoria colectiva y transmitiendo un mensaje a sus vecinos. La arquitectura del megalitismo se extendió por gran parte de Europa, aunque con características distintas en la fachada atlántica y la mediterránea, y se alargó durante milenios, con construcciones y reutilizaciones incluso en la Edad del Bronce. Hoy se han perdido muchos de ellos, reutilizados como piedra de construcción, otros se cristianizaron, añadiendo cruces o convirtiéndolos en capillas, como las anta capelas portuguesas, y otros han perdido los grandes túmulos que los cubrían, quedando solo las cámaras funerarias (dólmenes). Algunos se han convertido en símbolo, como Stonehenge, mientras otros apenas han sido excavados y documentados. En la Península tenemos también una amplia muestra de estos paisajes culturales, con las características tanto del Atlántico como el Mediterráneo. Desde las agrupaciones de dólmenes en Galicia, Portugal y el Cantábrico, con ejemplares tan importantes como del de Dombate, decorado en su interior con figuras geométricas, hasta los grandes túmulos y necrópolis del suroeste, con ejemplos como los dólmenes de Antequera o la necrópolis de Panoría. Las taulas y talayots de Mallorca y Menorca nos muestran desarrollos independientes y, a la vez, conectados. La primera globalización.