Venecia es una ciudad que no se puede nombrar, a la que no podemos llegar; una ciudad hecha de sombras, humedad, nieblas, belleza, melancolía; una ciudad única
que durante mucho tiempo fue la ciudad por excelencia. Ahora la vemos desordenada, pasada de moda, como una vieja actriz. Lleva demasiado tiempo en decadencia. Ahogada por la interminable oleada de turistas a los que Henry James llamaba «bárbaros», ha iniciado un camino sin retorno. A pesar de todo, nos atrae, nos seduce y, desde tiempos inmemoriales, ha despertado la curiosidad de los visitantes. Se está convirtiendo en una
aldea global, con una población de menos de cincuenta mil habitantes, pero donde las asociaciones de vecinos que la defienden ejercen un poder extraordinario. Este libro combina una visión general de la ciudad, donde el autor ha vivido durante los últimos años, con su testimonio personal. Son notas sobre una Venecia insólita y perdida que ya no existe, pero que vuelve a cobrar vida en las voces de Proust, Morand, Zanzotto, Brodsky, Matvejevic y Scarpa, entre otros testigos artísticos y literarios que conservan su memoria.